Ese día me sorprendió la rabia de nuevo. Se metió en mi cuerpo sin avisarme y fue copando mis palabras, mi mirada, mis mejillas que se tornaron cada vez más calientes. Me agarró por el pecho y me apretó literalmente hasta sentir que me pesaba. Viendo las imágenes, una vez mas me ganó la impotencia y tuve que dejarla salir por mis ojos mientras leía callada todo lo que sucedía. Tuve que dejarla salir, porque de otra forma, me hubiera ahogado por dentro.
Cada día me es más familiar ese sentimiento que tantas otras veces me ha abordado, el que me hace sentir hermana de todos, familia de muchos. 
Y me entran ganas de abrazar, de decir estoy aquí, te entiendo, yo también lo siento igual que tú. 

Porque TÚ,puedo ser YO. Porque tu dolor no me es indiferente. Porque hoy es un grupo, pero mañana será otro, y otro, y otro.  

Porque todos necesitamos de la solidaridad de alguien más, de muchos más. 

Así van pasando estos últimos días, con altas y bajas, pero casi siempre que siento que me vence el desconcierto, entonces, sucede algo que irremediablemente me devuelve el alma al cuerpo. A pesar de todo, sigo viendo la luz en la gente que dice ” estamos aquí, no están solos”, en quienes gritan a viva voz lo que quiere la mayoría: tolerancia, respeto, PAZ. 
El camino es largo y parece obscuro, pero quiero creer que este sacudión es la única forma de que nos sigamos dando cuenta de lo importante de informarse, movilizarse , pero sobretodo unirse.   
Quiero pensar en la maravillosa energía que se genera cuando tantos desnudamos el alma y nos vestimos simplemente de humanidad, sin banderas, ni prejuicios. 

Obliguémonos a seguir iluminándonos unos a otros en este camino, acompañémonos mientras persista la obscuridad. Que la empatía, sea nuestro mejor aliado, que el desconcierto no nos derribe. 
Esto también pasará. 

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